Zulma Lobato visitaba Crónica TV y era la supremacía del grotesco. El canal sabía lo que estaba construyendo y sometía a Zulma a pruebas cada vez más bizarras. Pero ella disfrutaba de su exposición: implicaba un reconocimiento tardío, el pagaré de un vedetismo adeudado. Zulma creaba en su psiquis una fantasía funcional al aparato mediático: que era una diva. Hoy el caso despierta enfados: es inadmisible, la vileza suprema de la industria cultural.

Charlotte Caniggia se incorporó recientemente al Cantando 2020. La primera observación que le hicieron Nacha y Moria fue que “había perdido la frescura de su debut a los 18 años, que ya no parecía una extranjera despistada”. De esto pasó casi una década. ¿Qué le exigen a Charlotte?, ¿que no habite sus 27 años con la madurez correspondiente?, ¿que siga sorprendida ante el sabor de la yerba mate?

A Esmeralda Mitre se la nota feliz acaparando las noches de El Trece. Energía exacerbada, autoestima psicopática, egocentrismo voraz y ocurrencias audaces. Esmeralda, autoproclamada “niña rica”, goza de una extensión temporal que ningún otro participante tiene.

¿Posee conciencia de cómo opera su figura en el programa o simplemente disfruta la sobredosis de atención e intenta retenerla? La pregunta es incontestable por dos motivos: primero, toda psiquis tiende a su propia opacidad; segundo, en nuestra era mediatizada, separar persona de personaje es un sinsentido, da por sentado que una instancia sería más auténtica que la otra.

Pocos años atrás, Nai Awada participaba del Bailando. La sobrina del expresidente era propensa al escándalo, pero en el programa no rendía. Repentinamente renuncia y se aísla. Luego supimos que cayó en un pozo depresivo y debió someterse a un tratamiento psiquiátrico. Hoy resulta tentador rever videos de YouTube buscando en su apatía pedidos de auxilio.

La fascinación por el ridículo

¿Con cuál de estas historias clínicas se emparenta Esmeralda Mitre? ¿Es una bomba de tiempo como Zulma, una transición como la de Charlotte, un agobio silencioso como el de Nai Awada? ¿Pero al televidente le corresponde hacer un diagnóstico, como si de antemano fuese cómplice de las futuras patologías de Esmeralda? Estaríamos asumiendo que el “consumo irónico” se completa en los dramas posteriores y no en la algarabía del presente.

Al televidente la ridiculez ajena le fascina y no por ello es responsable del devenir trágico de esa ridiculez. El consumo irónico no existe: es más bien un placer que se funde con el objeto como chocolate derretido.

¿Salvar a Esmeralda antes de que sea tarde? Lo más probable es que, como Hamlet, Esmeralda esté fingiendo una locura que luego terminará asimilando. Cuando la asimile ya no la veremos en televisión y por ende no la podremos salvar. Algunos de sus hits, como gritar tironéandose el pelo, se sumarán al panteón de escenas tragicómicas: Zulma bailando con un conchero, Chalotte comiendo pizza en la calle, Nai Awada llorando sin motivo aparente en el prime time.



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